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Torre de Babel y la ética del diálogo en la CLIS chilena

Nuevos Vecinos, Madrid, España
LOS COMPROMISOS ASUMIDOS NO SON SUFICIENTES

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En el relato bíblico de la Torre de Babel, Dios castiga a la humanidad por su arrogancia y hostilidad exponiéndola a la confusión de lenguas, pero este castigo puede ser visto al mismo tiempo como una oportunidad que define y proyecta al hombre en sus posibilidades; un escarmiento al estilo del antiguo testamento que potencialmente abre  nuevas opciones. Así, la confusión implica la posibilidad de volver a aprender y caminar hasta encontrar la claridad que le haga superar el odio y la confrontación. Solo así podrá sobrepasar la confusión y aprender un nuevo idioma que lo identifique o aproxime con el prójimo

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En el relato bíblico de la Torre de Babel, Dios castiga a la humanidad por su arrogancia y hostilidad exponiéndola a la confusión de lenguas, pero este castigo puede ser visto al mismo tiempo como una oportunidad que define y proyecta al hombre en sus posibilidades; un escarmiento al estilo del antiguo testamento que potencialmente abre  nuevas opciones. Así, la confusión implica la posibilidad de volver a aprender y caminar hasta encontrar la claridad que le haga superar el odio y la confrontación. Solo así podrá sobrepasar la confusión y aprender un nuevo idioma que lo identifique o aproxime con el prójimo.

Recordemos que la torre se construyó como una forma de protección y superioridad del hombre ante la naturaleza, capaz de enfrentar un nuevo ‘diluvio/castigo’ y parapetarse en su nueva zona de comodidad, ya que todos hablan la misma lengua y autolimitan las diferencias entre ellos, entendiendo las diferencias y la diversidad en esta escena bíblica como algo negativo, por tanto, la torre funciona como ejercicio del control sobre los demás, para imponer la autoridad ante la uniformidad, algo parecido a lo que los imperios promovieron como la ‘pax romana’ (orden y autoridad).

Volviendo al Chile actual y, a casi dos meses del 18-O, comienzan a aparecer tímidas voces afirmando que esta crisis no sólo es social y distinta a un ´conflicto social’ como varios dijeron al principio; ni sólo económica o únicamente política, como sostenían algunos. A nuestro entender, como lo hemos sostenido experimentalmente en los co-laboratorios de INCIDES (Instituto de Innovación Colaborativa y Diálogo Estratégico), estamos frente a una Crisis de Legitimidad Institucional Sistémica (CLIS).

En síntesis, hay una ciudadanía que apela y demanda a un país hecho entre gallos y media noche por sus élites o, en sentido portaliano, un ‘Estado’ de cosas que se ha sostenido desde las élites por ‘el peso de la noche’. Pues bien, esa noche (de tantas noches posibles) terminó cuando la ciudadanía (el demandante) cantó ‘Chile despertó’. Quienes han salido a las calles en todas las ciudades del país no fueron ciudadanos de una clase en particular, como algunos analistas fragmentarios señalan. No fue la clase media, los sectores populares o sus híbridos multidimensionales. Los cacerolazos y las manifestaciones pacíficas se han hecho sentir en todos los barrios, calles y plazas del país, incluyendo comunidades de chilenos en el extranjero.

Lo sistémico de la CLIS, alude a que la fractura tectónica es proyectivamente social, política, económica y cultural por decir lo menos. Lo institucional de la CLIS da cuenta de un Estado y sus poderes incapaces de comprender que las legislaciones vigentes, las políticas gubernamentales y las leyes regulatorias de los tribunales de justicia solo responden a una lógica ‘administrativa de conflictos’ con asimetría de actores y no a enfoques integrales para el abordaje de crisis, conflictos, diálogos y negociaciones, propios de la necesidad de construir paz sostenible. Por tanto, la democracia y el desarrollo económico en su sentido multisistémico se ha reducido a clientelismos vegetativos y ´crecimiento económico’ como objetivos por parte de las élites políticas, sociales y económicas con ciertos matices divergentes y convergentes.

La cuestión de la legitimidad la pone como demanda y desafío la propia ciudadanía que, para simplificar procesos resolutivos, regulatorios y transformadores de la crisis sistémica y sus conflictos inherentes, expone de manera clara la dicotomía del fenómeno. En tal caso, si la dicotomía para salir del régimen cívico militar fue ‘democracia o dictadura’, hoy la elección instalada tentativamente es ciudadanía vs élites. Dicho de otra manera, o nos alineamos en nuestra nueva chilenidad con la democracia como ejercicio de transparencia y participación o dejamos que la dictadura de las élites continúen gobernando con la inercia del peso de la noche, su espurio modelo económico y su mezquina democracia protegida, representativa de conflictos de intereses a la hora de legislar, gobernar o impartir justicia.

La disminución de la confianza en las funciones del Estado, los partidos y movimientos políticos, el empresariado rentista y coludido, así como organizaciones sociales con vicios de representatividad y participación, ponen al centro de sus roles la exclusión como práctica sistemática. La crisis de legitimidad implica que las instituciones desde la CPC hasta la CUT, desde la UDI hasta cualquiera de las izquierdas radicales, pasando por los tres poderes del Estado, carecen de la capacidad para mantener o crear estructuras abiertas al aprendizaje sobre diálogo y negociación en el logro de sus propósitos, vinculado a un sentido de nación compartido y coral, ya que -en la construcción de paz sostenible- no cabe la uniformidad, el  autoritarismo ni el centralismo tan vigente desde los albores de la independencia de Chile.

En esta CLIS, legitimidad y dignidad van de la mano. La dignidad implica que aprendamos a dialogar y escucharnos de manera consciente y plena, a negociar estratégicamente con focos multidimensionales, sin despreciar el acuerdo como parte de un proceso que luego deviene en post-negociación y en la emergencia de nuevos conflictos, pero que, al contar con acuerdo de mayor calidad se hace posible un tratamiento más productivo y creativo, así como ser éticos en nuestra conducta política, empresarial, social y ciudadana para ponernos en modo colaboración y co-constructores  una cultura e infraestructura de paz sostenible, tal como en el orden internacional lo ha resignificado Naciones Unidas en sus resoluciones del año 2016.

El nuevo concepto de paz sostenible representa un cambio de paradigma no solamente para el trabajo de la ONU, sino que para todos los Estados y sociedad civil territorialmente hablando, puesto que en lo esencial implica poner el acento y los recursos en la prevención de las crisis y conflictos, más que en inútiles esfuerzos por administrar, hay que enfocarse en las causas, para reaprender el fenómeno cultural del conflicto y la crisis. En síntesis, poner las energías en construir una cultura de paz, vinculada a una infraestructura de desarrollo sostenible. En ello radica el esfuerzo y aprendizaje en este siglo XXI para nuestros países.

Volviendo al relato bíblico, la fórmula utilizada para Babel fue que se expresaran en lenguas y ante la falta de entendimiento, de diálogo entre ellos, abandonaron las obras y se dispersaron por toda la Tierra. Este relato bíblico, en clave Chile 2019 nos demuestra la incapacidad de generar diálogo fecundos, entendimiento y ética colaborativa. En nuestra Babel constatamos que no eran sólo los estudiantes los que mostraban “en la calle” a toda una sociedad la ingente desigualdad del día a día o, según Violeta, que Chile limita al centro con la injusticia .

Recordemos las protestas de los años 90’ en contra de las represas en el Alto Bio Bio o en este siglo la de los pingüinos, Aysén, Freirina, el conflicto histórico entre Chile y la Nación Mapuche, las protestas contra Hidroaysén, por educación gratuita y de calidad, enfermos terminales y enfermedades catastróficas, las masivas movilizaciones por ‘No + AFP’ y las variadas alertas tempranas, ya no por movimientos monotemáticos o de actores específicos contra el Estado, los abusos de las empresas o de la clase política, sino de un país entero que despertó y que quiere ser parte en la construcción de una nueva chilenidad en la diversidad.

La CLIS chilena fue moldeada en arcilla oscura y dura, en barro descompuesto, en un plano con compases y escuadras de baja calidad para medir las consecuencias de la corrupción sistemática, la exclusión indolente y los autoritarismos castrantes en el comportamiento de las élites. En este taller del neoliberalismo en Chile, hubo maestros invitados como Hayek o Friedmann, entre varios. Ellos dictaron cursos a los mechones del experimento neoliberal en Chicago y estos en Santiago en tiempos de dictadura. Luego, en la nueva promoción de la democracia pactada, viejos profesores expertos en cocina y alumnos aventajados de la postdictadura prolongaron la obra de él ladrillo’ por convencimiento propio. Confundieron ciencias y tecnologías con creencias y dogmas para continuar la obra en curso.

Los arquitectos, constructores civiles e ingenieros de nuestra democracia bunkerizada o protegida se han esforzado por mantener a raya a los bárbaros o demandantes de más democracia y participación fuera de los muros de la torre. Actuaron aliados con los programadores coludidos de mercados verticales como palacios de consumo desbocado para vivir a expensas del endeudamiento de millones de chilenos. Legislaciones a la medida de las élites que se cocinaron por años en las torres del Congreso Nacional, políticas públicas que se precocieron en La Moneda para el gusto de una democracia que benefició a pocos comensales y una justicia parcial y asimétrica en el trato de delitos y sanciones donde los que saquearon las riquezas del país hoy siguen en sus negocios de arcilla maloliente. Estos son los constructores de la crisis de legitimidad institucional sistémica que vive Chile como país.

Como se lee en el  Antiguo Testamento   (Gn 11, 1-9): “Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y asfalto en vez de mezcla.    Luego dijeron: ‘Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo (…) evitaremos ser dispersados por toda la tierra´” . La ética del diálogo frente a cualquier Babel nos invita a una ética de la curiosidad. Practicar la curiosidad significa entender ¿en qué está el otro? ¿De dónde surgen las desconfianzas? ¿Dónde se cruzan los caminos de las interdependencias para hablar y abordar lo sistémico de la crisis? ¿Cómo entre todos hacemos ejercicios de nueva ciudadanía? Tal vez, una aparente dicotomía se transforma en poder constituyente, donde ‘los constituidos’ abandonan sus torres y se encuentran con ese Chile que despertó y aprenden a vivir paso a paso ejercicios de ciudadanía y su poder de paz sostenible.

Ya sabemos las consecuencias de construir torres sin preocuparnos por lo que pasa en la tierra. También sabemos que la prevención es la clave, ya que en la tierra ocurren terremotos y estallan volcanes de vez en cuando. En tal sentido, las prácticas o ética del diálogo invitan a construir la paz con materialidad que contemple lo sísmico del territorio que nos alberga.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador .